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GL La Verdad Radio 1270 AM

Desde Holanda

Por:   Dianeth Pérez Arreola 29 de enero de 2018

Cuarenta y tantos


Yo me imagino que a todos los cuarentones nos pasa. No estamos tan viejos para asumir nuestra madurez y oír un “señor” o “señora” sin que nos duela el corazón, ni somos ya tan jóvenes como para que nos llamen “muchacho” o “muchacha”.
Esto de la edad se siente como cuando nos preparábamos para festejar la llegada del año 2000; acaba de pasar; ni hace tanto; ahora apenas... dieciocho años. Es verdad que el tiempo parece acelerarse a medida que envejecemos.
Recuerdo mis años de universitaria como si hubiera sido hace poco, a mis compañeros, mis maestros, mis amigos. En aquel tiempo las computadoras eran novedad; nadie tenía una y por ende era imposible hacer copy-paste en los ensayos. Teníamos máquinas de escribir, libros en papel y mucho corrector líquido, pues a los tres errores ortográficos, el filtro de la carrera, el maestro Manuel Ortiz, dejaba de leer nuestros trabajos.
Tampoco había teléfonos inteligentes ni tecnología bluetooth. Mi amigo Ricardo cargaba a todas partes una gran grabadora negra y una bolsa de supermercado llena de casetes que aguantó nueve semestres de una carrera donde siempre fuimos los mismos. No como ahora que los planes de estudios son flexibles y cada quien toma diferentes clases y avanza a su propio ritmo.
La carrera de Ciencias de la Comunicación era impartida en el turno vespertino, lo que hacía más fácil irse a hacer fiestas a las casas de quienes vivían cerca de la universidad, o mejor aún, en la casa de las estudiantes foráneas, donde no había madres que salieran a barrer la banqueta a medianoche para decirnos sin palabras que era hora de irnos.
La tarde del 23 de marzo de 1994 corrimos a la casa de Diana, quien vivía más cerca de la universidad, para seguir por la televisión, incrédulos y en silencio, las noticias del asesinato de Luis Donaldo Colosio en Tijuana.
Ese día fue cuando me empecé a sentir adulta; cuando me di cuenta del país en el que vivía y ese año fue también cuando empecé a trabajar como reportera para un noticiero de radio.
Después del magnicidio empezamos interesarnos por la política y en las aulas hablábamos más del tema. Eran discusiones acaloradas pero respetuosas a pesar de haber puntos de vista muy diferentes.
No como las discusiones sobre política que vemos hoy en las redes sociales, donde lo impersonal del medio parece un permiso para ofender y burlarse de quien piensa de forma distinta.
Cuando pienso en todo lo que no había en mis tiempos de estudiante, como computadoras, correos electrónicos, redes sociales y celulares con internet, siento que aquello solo puede describirse como la prehistoria, aunque me alegra no ser un milenial.
No estábamos absortos viendo la pequeña pantalla de nuestros teléfonos; entonces hablábamos largo, tendido y sin interrupciones. Oyendo la música de los casetes, que rebobinábamos con ayuda de una pluma Bic, desmitificamos leyendas locales, como la aparición del chino sin cabeza, pues si no tenía cabeza, ¿cómo sabían que era chino?

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