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Desde Holanda

Por:   Dianeth Pérez Arreola 16 de abril de 2018

Las incomprensibles
 maneras holandesas

Dianeth Pérez Arreola


Puede parecer que los holandeses tienen mucho mundo y todo lo hacen bien, pero no es así, sobre todo en el terreno en el que a los mexicanos nadie nos gana: Las fiestas.
Sinceramente no sé si considerar a los holandeses unos analfabetos sociales, unos malísimos diplomáticos o es que su formación individualista les ha hecho una concha muy grande y no tienen nada de empatía.
La semana pasada, una amiga de mi hija mayor llegó a hablar con ella antes de entrar a la escuela, le dio un paquete de galletas y un chocolate y evitando hacer contacto visual, se marchó lo más pronto posible.
A la hora de la salida le pregunté a mi hija, que qué había sido aquello. “Es que la fiesta de Fulanita fue el miércoles, y aunque le insistió a su mamá para que me invitara, dijo que ya tenía muchos niños en la lista y por eso me dio las galletas y el chocolate”.
Aunque no es la primera vez que pasa algo así, me quedé sorprendida porque Fulanita ha estado presente en todas y cada una de las fiestas de cumpleaños de mi hija, y es parte del grupo de amigas que juegan juntas dentro y fuera de la escuela.
Ya lo he platicado antes, en Holanda las fiestas son solo para los niños, los padres solo vamos y los llevamos y recogemos al lugar acordado, y con excepción de algún vecinito o primito, los invitados son los amigos de la escuela.
Para ser honesta, los niños pueden llevar mejor la frustración que los adultos. Ellos se pondrán tristes quince minutos, luego lo olvidarán y jugarán con todos como siempre. Yo me indigné, me enojé y me sentí. Poniendo la mejor cara posible, le dije a mi hija: “bueno, sabes que Fulanita no tiene la culpa; fue una decisión de su mamá”. Sí, ya sé, me contestó muy seria y para ella aquí acabó el asunto.
Yo en cambio, desahogué mi frustración preguntando en un foro de Internet a los mexicanos en este país si tenían experiencias similares. Por supuesto no iba a reclamarle a la madre de la niña, ni la pienso dejar a ella fuera de las fiestas de mi hija.
De acuerdo con las experiencias compartidas por otros mexicanos, está claro que los holandeses no sienten nada de obligación de corresponder a las invitaciones y tampoco se tocan el corazón, -seguro por razones financieras, pues tienen fama de codos-, para dejar fuera a las parejas cuando se trata de una fiesta de adultos.
Uno de los comentarios que más me impresionó, fue el de una paisana que decía que había perdido la cuenta de las veces que su holandés había recibido invitaciones para bodas, y ella no estaba incluida. Esto sería una gran descortesía en México, esto no existe en nuestros protocolos sociales, pero aquí nadie se ofende, nadie se siente, pues es lo más normal del mundo.
Y cómo no va a ser normal, si han sido educados para ser individualistas y solo tomar en cuenta sus propios deseos y necesidades. En muchos aspectos, como México no hay dos.

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