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GL La Verdad Radio 1270 AM

Las siete últimas frases de Jesús

Por:   karl reiner fick rochin 13 de mayo de 2018

Séptima parte

Pensamiento clave:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Feliz inicio de semana laboral a todos nuestros apreciados lectores. Se abre ante nosotros una semana llena de oportunidades. Una semana de conquista, para alcanzar tus sueños, para lograr tus metas, para afianzar tu felicidad y la de la gente que amas. La felicidad es una decisión, no es el resultado de las circunstancias. El Dios del cielo te ofrece hoy la alegría de vivir. El Rey David escribió:
“Me has dado a conocer la senda de la vida; me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha” (Salmo 16:11). Salgamos hoy a enfrentar con optimismo los desafíos que se nos presenten, después de pedir con humildad la bendición del cielo. 

Ahora te invito a reflexionar en el último tema de la serie: “Las siete últimas frases de Jesús”, que hemos venido estudiando durante estos dos meses. Ha sido una emocionante jornada de siete semanas. En ellas hemos analizado el sufrimiento al que Jesús se sometió de manera voluntaria, a fin de solucionar el problema que el pecado había había causado, y rescatar al ser humano de la condenación eterna.
Gracias a ese sacrificio, hoy somos libres, ya sea para aceptarlo o rechazarlo, cada uno con sus respectivos y eternos resultados. Es nuestro deseo, que esta serie de mensajes haya contribuido al desarrollo y crecimiento personal y espiritual, a fin de ser cristianos más maduros y más agradecidos a Dios por la salvación de que fuimos objeto, y de vivir para servir a Dios y nuestros semejantes.

La última frase que Jesús pronunció justo antes de morir, aquel viernes, cerca de las 3:00 p.m. fue:

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas, 23: 46).

María, la Santa madre de Jesús, tomó muy en serio su papel y sabía que la mejor manera de educar a un hijo, es enseñándole la Palabra de Dios. La frase: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, Jesús la citó de memoria del Salmo 31:5. Este verso era la oración que toda madre judía enseñaba a sus hijos. Probablemente sentada al lado de su cama después de haber terminado las actividades del día, les pedía que repitiesen en oración antes de acostarse a descansar.
La tarde de aquel viernes, Jesús no se encuentra en una cama tranquilo, sino pendiendo de la cruz, con su cuerpo magullado y herido, pero consiente de que su trabajo había sido bien hecho y su misión había sido terminada y ahora se preparaba para descansar. Y como tantas otras ocasiones, repite ese salmo.
No fue un gemido de derrota, sino un grito de victoria. Llama la atención que la Biblia dice que “gritó con fuerza”. La Traducción de la Biblia al Lenguaje Actual, describe así aquel momento: “Jesús gritó con fuerza y dijo: «¡Padre, mi vida está en tus manos!» Después de decir esto, murió” (Lucas 23:46 TLA). Y la traducción actualizada de 2015 de la Reyna Valera, dice: “Entonces Jesús, gritando a gran voz, dijo: ‘¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!’. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:46 RVA 2015).
Con un grito, el cura Miguel Hidalgo y Costilla, aquella madrugada del 16 de septiembre de 1810, proclama el inicio de la batalla de independencia de México de la esclavitud de la Nueva España. Ahora con otro grito, Jesús de Nazaret proclama el inicio de la libertad que todo hombre ahora puede tener sobre la esclavitud del pecado. Es un grito de victoria. Su muerte no fue una derrota, fue la consumación del plan de redención. Su vida era el precio que el pecado demandaba para asegurar su destrucción final, y ahora se estaba llevando a cabo esa transacción.
El sufrimiento había terminado, era hora ya de descansar, y como un guerrero cansado pero satisfecho de haber cumplido su propósito inclinó su cabeza y con ese grito de victoria se encomendó de manera confiada a su Padre. Así es que Jesús muere tranquilo y confiado.

Tres cosas para reflexionar:

1) Si siguiéramos el ejemplo de María, la santa madre de Jesús, que enseñó a su hijito, la Palabra de Dios, nuestros hijos disfrutarían una vida con mejor presente y futuro y formarían una sociedad más justa y recta.

2) Ya no es necesario que especulemos si somos o no salvos. La decisión está en nuestras manos. Jesús hizo su parte ahora nos toca hacer la nuestra. Con las manos abiertas en la cruz, Jesús invita a que aceptes el sacrificio realizado a tu favor. Hay esperanza para ti y los tuyos. Todo el que quiere ya puede acercarse a Dios y encontrar la paz y la vida eterna.

3) ¡Qué satisfacción produce el terminar el día con un trabajo bien hecho! Irnos a la cama repitiendo las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas, 23: 46).

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