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GL La Verdad Radio 1270 AM

Opinión

Por:   Yuriria Sierra 19 de septiembre de 2017

Todas

 

Es el peligro de todas. Las que abordamos un taxi. Las que recurrimos a Uber, Cabify, a cualquier servicio privado o tipo de transporte público. No importa si es Metro, microbús o Metrobús. O las que caminan solas a temprana hora para ir a la escuela. Las que transitan solas entrada la noche para regresar a casa después de una jornada de trabajo. Las que se van de fiesta, las que trabajan en turnos nocturnos. Las que optaron no volver a usar esa falda, esa blusa, ese pantalón para no sentirse el centro de las miradas de un grupo de desconocidos.

Las que renunciaron a un trabajo en donde la única posibilidad de crecimiento era a través del visto bueno de un superior que no escatimaba en piropos a pesar de los no. Las que pasan sus noches con la mirada en el techo, pidiendo que la puerta de su habitación no se abra y no le permita la entrada a su depredador. Las que pierden la paz de su inocencia por los deseos inconcebibles de sus padres, hermanos, abuelos y amigos. Las que sirven la cena en silencio, imaginando que, por primera vez, no recibirán reproches que acaban en golpes.

La violencia se expresa de muchas formas y todas ellas tienen las mismas terribles consecuencias. A Mara Fernanda le falló una sociedad que se permite juzgarla, porque cómo es posible que una joven regrese tarde a casa. Cómo es posible que salga de fiesta. Cómo es posible que se permita tomarse unas copas. Esa misma sociedad es que la permite que tipos como Ricardo Alexis sientan que sí, que era posible, que fue posible, abusar de una joven, violarla y asesinarla. Total, nada iba a pasar. Total, es hombre y su fuerza es “condición humana”. No es la única. No es la primera. Miles de casos en el país en donde el inicio de mal comenzó en esa sensación de impunidad que esos otros responsables, los que imparten justicia, se han encargado de propagar como una epidemia. Tantos, tantos casos. Tantas Mara, tantas Lesvy, tantas Guadalupe, tantas Monserrat, tantas Gabriela, tantas Jennifer, tantas Lourdes. Tantos nombres de mujeres que ya no regresaron a casa porque alguien, un hombre, se sintió en libertad de actuar a su antojo, porque nunca hay consecuencias.

Dimensionar la gravedad de los feminicidios no debería ser complicado. Las puras cifras deberían bastar. Mara

Fernanda es el caso 59 en lo que va del año, tan sólo en Puebla. En el Estado de México se cuentan 222. La cifra nacional tiene un aproximado, pero no una cifra exacta porque, además, a la gravedad del tema hay que sumarle que los protocolos para definir el asesinato de una mujer como un feminicidio todavía no se acaban de entender, así que pocos lo saben aplicar. Casi nunca y cuando pasa es casi siempre, ante la presión y lucha de la familia de la víctima.

La causa de las mujeres, nuestra lucha por derechos, por respeto y equidad, no debería ser explicada con manzanas. Los hombres no deberían ofenderse porque se les pide marchar detrás de un contingente que no les cierra las puertas, pero que exige que su presencia no sea la protagonista, porque justo ese es parte del origen del problema. La causa de las mujeres es porque a muchos hombres no les basta un “no”.

Todos, hombres y mujeres, debemos buscar, aportar y generar un cambio cultural que borre esa sensación de impunidad. Pero también para ello necesitamos, porque además es su obligación, que las autoridades nos aseguren que cualquiera que violente de la manera que sea la tranquilidad de cualquier mujer, reciba el castigo que merece.

El riesgo es para todas. El miedo está en todas. El peligro se vive todos los días. Lo vivió Mara y las miles de mujeres que no volvieron a casa. Y lo seguiremos viviendo todas mientras la sociedad y las autoridades no asuman que la violencia contra las mujeres es una epidemia. Y las epidemias matan. Merman y destruyen sociedades.

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