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GL La Verdad Radio 1270 AM

Opinión

Por:   Enrique Ochoa 20 de septiembre de 2017

México

 

Tengo poco más de 8 meses radicando en la capital del país, no me ha costado trabajo adaptarme, es un lugar muy diferente a Hermosillo, el clima es increíble para un sonorense, tienes que programar tus traslados de acuerdo con horarios y zonas a donde te dirijas, además armarte de paciencia por el tráfico que no cede a ninguna hora, es una ciudad magnifica y llena de vida.

Es de las ciudades más grandes del mundo, llena de competencia, lo que vuelve a sus habitantes individualistas, competitivos, desconfiados, prudentes, muy distintos al sonorense promedio, quienes nos distinguimos por ser abiertos, sociales, francos y directos.

Sonora está fundada sobre el desierto con condiciones difíciles, climas extremos, paisajes agrestes, poca agua; la Ciudad de México también tiene condiciones difíciles, al ser fundada sobre un lago es una zona sísmica por naturaleza.

El pasado martes se celebraron 32 años del sismo más destructivo que haya presenciado esta capital, para conmemorarlo se llevó a cabo un simulacro, sonaron las alarmas sísmicas y se desalojaron los edificios, un aniversario que nos recuerda que la ciudad está expuesta a la naturaleza, está en riesgo de que la tragedia pueda repetirse.

Volvimos a las actividades cotidianas y dos horas después empecé a sentir que la tierra se movía fuertemente; les confieso que salí lo más rápido que pude del edificio; parecía de película; la intensidad del sismo hacía que perdiéramos el equilibrio en la desesperación de estar a salvo, llegué al estacionamiento y la tierra se sacudía de manera violenta, las alarmas de los autos se disparaban por el movimiento, veía cómo los edificios se bamboleaban, se desprendían vidrios y grandes trozos de enjarre conforme el sismo continuaba; fue poco más de un minuto que no olvidaré jamás.

Nos quedamos en el estacionamiento y conforme pasaba el tiempo empezaban a llegar vía redes sociales imágenes de edificios colapsados, incendios incipientes, un gran número de helicópteros en el aire y muchos vehículos de emergencia en las calles haciendo sonar sus sirenas le daban la dimensión que el evento causó.

Nos desalojaron del edificio y salimos a la avenida Insurgentes; la cantidad de gente caminando con las caras desencajadas era impresionante, gente llorando en los camellones con crisis nerviosa, gente tratando de comunicarse con su familia, los servicios de transporte público y privado se habían paralizado, el tráfico en caos al no haber semáforos; todos tratando de llegar a sus hogares y saber en qué condiciones se encontraban sus familiares.

Junto a unos compañeros decidimos ir a ayudar, ya que cerca de nuestro departamento colapsó un edificio; sabíamos que en ese lugar vivía una pareja de sonorenses. Al llegar me impresionó cómo cientos de personas querían servir, querían ayudar, todos llegaban con algo en sus manos, agua, comida, medicamentos.

Formamos una enorme cadena humana de muchos metros y pasábamos escombros mano a mano; hombres, mujeres, toda la sociedad civil ayudando con desesperación tratando de sacar la mayor cantidad de material posible para que hubiera mayor probabilidad de encontrar gente con vida.

Otro ejército de personas dando de comer a los voluntarios, haciendo comida, dando agua, suero; es conmovedor e impresionante la solidaridad y la disponibilidad de toda esa gente ahí presente y el enorme trabajo y riesgo que están corriendo los elementos de seguridad de las instituciones públicas; el miércoles por la mañana el panorama no cambia, gente dispuesta a dar y a darse corriendo en tropel a la escena de la tragedia.

El pasado martes no sólo experimenté un sismo, experimenté cómo la sociedad es solidaria, generosa, una sociedad que tiene fe, voluntarios que trabajaron muchas horas sin esperar nada a cambio, esto es México, los que cantaron anoche (martes) “Cielito Lindo” junto a un edificio derrumbado, la gente que gritaba a los sobrevivientes que aguantaran, que estábamos trabajando para que ellos salieran, la gente que llevó agua y comida hasta que sobró, la gente que quería ayudar no importando el riesgo, los marinos, soldados y bomberos entrando a los edificios colapsados, los empresarios que han dejado por un lado su rentabilidad y han puesto sus infraestructuras y equipos al servicio de la tragedia; la tragedia saca lo mejor de nosotros, quiero pensar, saca lo que realmente somos.

Por esa gente México no se va a detener, estoy convencido que saldremos de esta, México estará de pie de nuevo, con una profunda herida por los que se fueron, pero seguiremos adelante. En el desierto sonorense o en esta gran urbe, este es mi país, fuerte, solidario, resistente, amoroso, incansable, generoso, guerrero. Dios bendiga a este país.

 

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